Cómo hacer bien unos preliminares

A todos nos ha pasado, y cuando decimos “a todos” nos referimos especialmente a los chicos, aunque no de forma exclusiva. Nos da el calentón, nos entran unas ganas irrefrenables de hacer el amor con nuestra pareja y preferimos decirlo con hechos, no palabras, por lo que buscamos maneras de hacerle llegar nuestras intenciones y, cuando la sutileza no funciona, pasamos al ataque sin hacerlo de una forma especialmente fina.

Los preliminares importan

Algunos cogen la mano de la pareja y se la llevan a la entrepierna para que vea lo “mal” que lo está pasando. Otros se van directos al pecho y lo amasan un poco como queriendo decir… Y unos terceros, más directos, inician un ataque al “cuartel general” saltándose cualquier tipo de aproximación discreta.

Incluso cuando la relación sexual la ha empezado la otra persona y estamos los dos desnudos en la cama –o donde sea- a las mujeres no les gusta demasiado que seamos tan directos. Probablemente tampoco vamos a encontrar, tan de repente, sus genitales húmedos, sus pezones rígidos ni su respiración agitada.

Hay que crear el ambiente adecuado para que el “objetivo final” se dé en una situación en la que los que disfrutemos seamos los dos, no solo el chico, y por ello hay que hacer bien los preliminares, dando lugar a un proceso que hace que no solo tengamos sexo, sino que hagamos el amor.

Por supuesto, cada chica tiene sus trucos, de la misma forma que los chicos, dentro de lo predecibles que somos, tenemos otras zonas erógenas que nos gusta que nos estimulen pero que varían según la persona. En el caso de las féminas, esto es bastante más complicado, por lo que se requiere paciencia y confianza mutua para dar con aquello que hará que se vuelvan locas y nos pidan, de una u otra forma, que hagamos lo que nosotros desde el principio queríamos hacer.

No es un sacrificio, currárselo no debería ser un trámite ni un engorro, y cada minuto que le dediquemos será un minuto bien invertido. La idea es que los chicos también nos lo pasemos bien en el proceso. El caso es que, por supuesto, ellas también quieren que les toquemos lo que les queremos tocar, pero a su debido tiempo.

Como decíamos cada mujer tiene su truco, pero no hará ningún daño que la llenemos de besos (suavemente y sin precipitarnos), que le recorramos el cuello, la zona cercana a los pechos –sin hacerles nada de momento-, la espalda, las caderas, las piernas, los muslos y de nuevo los aledaños del sexo. Que lo repitamos algunas veces y que en cada pase nos acerquemos más adonde nos gustaría acercarnos.

Haciéndolo bien, y dejando que ella también se dedique a calentarnos a nosotros –si es que no teníamos suficientes ganas-, que nunca viene mal, conseguiremos que al meter la mano o la boca en territorios inicialmente prohibidos a ella le guste especialmente, y según lo bien que hayamos hecho el precalentamiento incluso nos pedirá o rogará, entre gemidos, que lo hagamos. Y notaremos, entonces sí, humedades, rigidez en los pezones y la respiración agitada de ella, que nos indicarán que el momento de la verdad está a punto de llegar.

Quizá no nos habremos dado cuenta, pero en todo el rato que habremos dedicado a excitar a nuestra pareja nuestras ganas de llevar a cabo el coito también habrán aumentado considerablemente, por lo que el remate final será más satisfactorio si cabe para las dos partes implicadas. Y, por cierto, una vez metidos en el meollo del asunto, no nos perjudicará seguir llevando a cabo acciones paralelas como besos y caricias.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *