El voyeurismo

Todos somos voyeurs. Eso tenemos que asumirlo. Nos encanta mirar, cualquier cosa que veamos fuera de lo común, sea lo que sea, nos llama la atención y nos quedamos observándola fijamente, si es posible sin ser percibidos por los demás ni por las “víctimas” de esta fuerte curiosidad.

¿En qué consiste el voyeurismo?

Pero el concepto de voyeurismo se suele utilizar en un contexto sexual, aunque los principios son los mismos: alguien que mira a escondidas y alguien que es observado sin saberlo, teóricamente mientras lleva a cabo acciones que preferiría mantener en privado, en el caso que nos ocupa desnudándose o teniendo relaciones sexuales consigo misma u otra persona.

El voyeur disfruta viendo a otras personas en acciones como las descritas, pero buena parte de la excitación reside en el propio hecho de no ser visto. Cuando una pareja decide hacer el amor con un mirón consentido, esto se llama mixoscopía, pues se trata de algo más concreto: placer al ver a otras personas teniendo sexo, y solo teniendo sexo, y con el conocimiento de las mismas.

El mirón tradicional es el que espía a los demás, aunque no se mete dentro de sus casas, sino que se aprovecha de descuidos o falta de precauciones que descubre casi siempre de forma casual: una vecina que no pone bien la cortina de su habitación, o que se ducha con la ventana del baño abierta, o una mujer que no domina el arte de cruzar y descruzar las piernas y muestra la ropa interior durante más tiempo del que desearía.

Decimos que el voyeur no pretende ser visto, y lo cierto es que el subidón de adrenalina por la clandestinidad del asunto es considerable, pero a algunos mirones les excita también el riesgo propiamente dicho, la posibilidad de ser descubiertos, siempre y cuando no llegue a ocurrir.

El voyeur siempre está al acecho, y en los casos más extremos se trata de una parafilia o desviación de los gustos sexuales que hace que no disfrute -o no disfrute tanto- del sexo como del hecho de observar a otras personas desnudas o practicando sexo. El voyeur puro, según la definición, no tiene como objetivo llegar a tener relaciones con la persona o las personas observadas, sino que se limita a mirar y a masturbarse en el momento de la observación o posteriormente, con el recuerdo o, en los casos más sofisticados, con fotografías y vídeos que hace durante la observación.

En este sentido la cosa se pone seria, porque el concepto de voyeur nos puede hacer mucha gracia y puede que sintamos incluso lástima por estas personas que van más allá de la observación casual y le dedican buena parte de su tiempo libre, pero si bien observar a alguien que está desnudo y no toma las debidas precauciones para preservar su intimidad no es delito –como máximo puede acarrearnos una bronca y una reputación más bien mala-, entrar en casas ajenas para llevar a cabo estas fantasías o hacer fotografías o grabar vídeos sí constituye delito, además de estar muy mal visto en la mayoría de civilizaciones y entornos.

Como pasa con todas las necesidades humanas, y la curiosidad es algo que tenemos todos en mayor o menor medida, practicar el voyeurismo con moderación no debería ser malo. Dedicarle todo nuestro tiempo libre, perder horas de sueño, dejar cualquier otra actividad y llegar al punto de que no disfrutamos de una relación sexual normal con nuestra pareja, sin embargo, sí es malo por razones obvias, además de poder suponernos algún susto legal si nos descontrolamos y lo llevamos al extremo. Todo hay que hacerlo, si se hace, de una forma comedida.

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