La masturbación y su imagen

Se dice que descubrimos la masturbación, el acto de provocarnos placer sexual a nosotros mismos, antes de saber incluso que se llama así y lo que representa. Es algo que nos acompaña desde muy pequeños, en algunos casos desde antes de entrar en la adolescencia –si bien, como siempre, hay gente para todo y seguro que existen personas que no se han masturbado jamás-, pero que a pesar de lo natural que es -¿cómo, si no, íbamos a descubrirla por casualidad?- tiene una imagen muy mala incluso en tiempos de apertura de miras en cuanto al sexo como los que estamos viviendo.

Casi todo el mundo se masturba

Aceptamos el sexo fuera del matrimonio, el sexo por placer, el sexo sin compromiso, el sexo por orificios no diseñados para la reproducción, el sexo entre personas del mismo sexo… pero no queremos saber que nuestros hijos se masturban ni vamos a reconocer delante de la mayoría de ambientes en los que nos desenvolvemos que nosotros también lo hacemos.

Superada la fase de mentiras y leyendas urbanas extremistas que afirmaban que masturbarse provocaba ceguera o acné, y habiendo asumido que lo único que provoca es la satisfacción de un deseo sexual de la forma más fácil, rápida y barata que existe, no nos gusta hablar de ella y tampoco pensar que nuestra pareja, que nos tiene a su disposición más o menos siempre que quiera, recurre a este método “clandestino” de lograr el orgasmo.

Y lo cierto es que se trata del método más satisfactorio que existe para alcanzar el clímax, hablando lógicamente en términos físicos, ya que la satisfacción mental, espiritual, romántica –o como se le quiera llamar- de hacer el amor es algo exclusivo de las relaciones en las que están involucradas también otras personas.

Porque crecemos aprendiendo a tocarnos y no hay una forma exacta y universal de satisfacer los genitales masculinos ni –todavía menos- femeninos, así que nadie más que nosotros sabrá nunca la mejor manera, la forma más eficiente (es decir, de lograr el objetivo en el menor tiempo posible), de hacernos llegar al orgasmo.

Y sin embargo nos costará reconocer ante nuestra pareja que nos seguimos masturbando aunque ahora no estamos solos, y aún más si empiezan las preguntas, el temido interrogatorio, en cuanto a lo que pensamos cuando nos masturbamos (normalmente tenemos que pensar en algo que nos ha motivado a empezar esa sesión de autosatisfacción), si alguna vez hemos pensado en otra persona de nuestro entorno o si “caemos tan bajo” de mirar porno de internet para lograr el orgasmo.

¿Constituye infidelidad? Según lo que –en quién- pensemos cuando nos masturbamos, y aplicando aquello de “la intención es lo que cuenta”, habrá gente que piense que la respuesta a esa pregunta es afirmativa. Puede generarse un debate al respecto.

Todos nos masturbamos, o lo hemos hecho, tengamos la edad que tengamos, si bien el deseo sexual cambia según la edad y la persona, pero lo hacemos generalmente en secreto. Normalmente, además, las mujeres tienen muchísima menos tendencia a reconocerlo que los hombres, y eso que las estadísticas indican que prácticamente hay paridad en este sentido.

A pesar de los beneficios que tiene esta actividad, nos da vergüenza que se sepa, por eso nos escondemos o esperamos a estar solos para hacerlo, y cuando crecemos actuamos como si fuera una fase de nuestra vida ya superada. Parece poco probable que nuestra mentalidad al respecto cambie, pero a pesar de que siendo una actividad sexual debe mantenerse fuera del ámbito público, por supuesto, poder hablar de ello con nuestra pareja con naturalidad y sin discusiones sería un objetivo razonable.

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